Para mucho padres el llanto es un enemigo a batir a toda costa. Intentamos buscar qué fue lo que pudo desatar el llanto, barajamos explicaciones y opciones que ayuden al niño a calmarse y ponemos a prueba nuestras hipótesis con la esperanza de dar en la tecla correcta. Existen hasta corrientes y padres que buscan un punto de frustración cero; esa conexión casi absoluta que hacen que madre e hijo sepan sintonizarse para satisfacer las necesidades en cada momento.  Pocos lo consiguen y ni siquiera sabemos si este nivel de frustración cero puede ser bueno. El resto de los padres, los que tenemos que atender a más hijos, los que no podemos dedicar toda nuestra atención a nuestros hijos en todo momento intentamos lidiar con los llantos como podemos.

Todos sabemos que hay algún tipo de asociación entre el sufrimiento y el llanto, aunque siempre interpretamos esta asociación de una manera negativa. El niño llora porque se ha caído y se ha hecho daño. El bebé llora porque se siente agotado. El niño llora porque está frustrado, o, el niño llora en la cuna cuando está aterrado. Sin embargo, pocos padres hacen una asociación positiva entre el sufrimiento y el llanto. Y sin embargo la hay.

El llanto no es solo una consecuencia del sufrimiento sino que más bien parece ser un remedio para este. Cada vez que lloramos activamos nuestro sistema parasimpático, nuestro cerebro segrega opiáceos que nos ayudan a sentir menos dolor, a relajarnos y a superar pérdidas emocionales. Con esto no quiero decir que debamos provocar el llanto de los niños o dejar a los niños llorar desconsoladamente. Existen muchas situaciones en las que el llanto es una llamada del niño para que los padres acudamos a su auxilio o en las que los padres podamos aliviar el sufrimiento del niño atendiéndolo, reparando el daño sufrido o le hagamos sentir más seguro. Sin embargo, también hay muchas ocasiones en las que los padres podemos hacer poco para ayudar al niño. Suelen ser situaciones en las que el llanto aparece sin un motivo aparente (muchas veces por cansancio) o por un motivo que los padres no pueden solucionar (su globo se escapó volando). En estos casos los padres también podemos ayudar al niño, aunque de una manera distinta. No podemos revertir su cansancio, ni debemos darle una coca cola para que se active. Tampoco podemos atrapar el globo al vuelo porque no tenemos alas y dudo mucho que la mejor opción sea comprarle otro globo. Sin embargo, siempre podemos estar a su lado. A su lado de una manera calmada, tranquila, comprensiva e incondicional. Aunque pueda parecer poco eso es mucho. Ojalá todos los seres humanos tuviéramos a alguien a nuestro lado cuando nos sintiéramos desolados.

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No siempre vas a poder hacer algo para reparar aquello que desató el sufrimiento. Pero siempre vas a poder recordar este post. Recordar que el llanto no siempre es una llamada de socorro sino que también hay veces que tiene una función puramente medicinal.  Mientras lo sostienes en brazos, te sientas a su lado o lo abrazas, recuerda que mientras llora su cerebro está segregando neurotransmisores que le ayudan a relajarse, a liberar el estrés y descargar tensión. Estate a su lado, sí. Pero no te preocupes. Todos tenemos que llorar y aprender que el llanto también se pasa.

Por eso…la próxima vez que uno de tus hijos llore y no parezca que te esté reclamando…. No te agobies.  No le digas….”No llores” como nos dijeron tantas veces a nosotros…En lugar de eso…déjalo llorar. Todos sentimos a veces la necesidad de llorar. No te sientas responsable de sus lágrimas. No sientas que tienes que tener remedio para todos sus males. Simplemente estate a su lado, abrázalo y recuerda que con cada una de esas lágrimas se marcha parte del dolor que las provocó.

Por Álvaro Bilbao – Autor de “El cerebro del niño explicado a los padres”

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María Valerio. El Mundo

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