La atención es la ventana a través de la cual el cerebro se asoma al mundo que le rodea. Cuando el niño nace, apenas es capaz de dirigir su interés hacia el mundo exterior. Lo primero que llama la atención del recién nacido es el pezón de la madre que destaca como una forma más oscura en el horizonte. A partir de ahí comienza un largo viaje en el que el niño va aprendiendo que atender ciertos estímulos conlleva una serie de beneficios.

A las pocas semanas el niño reconoce con facilidad objetos que emiten ruido o se mueven; por eso los sonajeros captan su interés. Los padres hacen todo tipo de carantoñas con juguetes o con las manos para dirigir su atención, de ahí los cinco lobitos. Pero también comienzan, de manera instintiva a ayudarle a fijar su atención en estímulos inmóviles. Primero un árbol que mece sus hojas con suavidad, luego una foto en la que sale junto a su mamá y, más adelante, un cuento en el que casi no pasa nada.

Así, el niño comienza a desarrollar una habilidad tremendamente compleja, que es la de controlar la propia atención y dirigirla no sólo a aquellos estímulos que se mueven, sino también a aquellos que están más quietos los que son más aburridos. Dominar la atención y ser capaz de eliminar otros estímulos que intentan distraernos es una habilidad que ofrece múltiples ventajas. Nos permite concentrarnos en lo que realmente queremos o deseamos, detectar detalles y matices que otros pasan por alto, aprender idiomas con más facilidad, persistir en nuestras metas hasta alcanzarlas o reducir los niveles de estrés. En los tiempos que corren tener una buena capacidad de atención y concentración es uno de los regalos más importantes que podemos dejar a nuestros hijos.

El desarrollo natural de la atención encuentra muchas interferencias si creces en el siglo XXI

Sin  embargo a los niños cada vez les cuesta más trabajo dominar su atención. Desde hace años vivimos un auténtico auge del diagnóstico de trastorno de déficit de atención. Existen  factores genéticos que predisponen a este tipo de trastorno, pero también nos encontramos con muchos factores ambientales que precipitan que los niños de hoy tengan mayores dificultades para concentrarse de las que tuvimos los que ahora somos sus padres.  

En primer lugar pocas horas de sueño, una mala alimentación y sobre todo falta de ejercicio físico (España está en la cabeza mundial de obesidad infantil) hacen que el cerebro de los niños no tenga los mecanismos naturales para liberar y recargar energía con eficacia.

En segundo lugar tenemos la falta de paciencia. Niños que lo quieren todo ya criados por padres que no saben decir que no y que no ven el sentido a que los niños esperen a momentos concretos para hacer cosas concretas.  En muchos casos el problema viene de que como padres somos cada vez menos pacientes y nos cuesta más trabajo transmitir ese autocontrol que no tenemos a nuestros hijos.

Y por último están los dispositivos electrónicos

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Muchos padres todavía piensan que el hecho de que su hijo deslice el dedo por la pantalla con gran rapidez es indicativo de que tiene una gran inteligencia cuando todos los estudios demuestran que el uso prematuro de estos dispositivos no contribuye al desarrollo intelectual y sí hace a los niños más propensos a tener trastornos en el control de los impulsos, mayores dificultades para concentrarse e incluso está correlacionado con mayores índices de depresión infantil.

Con frecuencia todos estos factores se combinan y nos encontramos al niño que no ha dormido lo suficiente o  que no ha salido a jugar al parque en toda la mañana y por lo tanto no puede ejercer suficiente autocontrol, en el restaurante junto a sus padres que no tienen  paciencia o estrategias para ayudarlo a estar tranquilo. Le llevan la consola o le dejan el teléfono móvil porque saben que sin él acabaría corriendo entre las mesas y que si eso pasara…ellos no sabrían redirigirle sin perder el control;  lo que pocas veces piensan es que si en ese momento le ayudaran a estar tranquilo, renunciando a su propia necesidad de desconectar, hablando o jugando con él, poco a poco el niño tendría más paciencia, autocontrol y menos dependencia de dispositivos electrónicos para estar entretenido. Son tantas las ocasiones para ayudar a nuestros hijos a dominar el difícil arte de ser pacientes como momentos en los que nos sentimos tentados de enchufarlos al móvil.

Ni para esperar ni para distraerse

A los  padres que acuden a mis conferencias siempre les doy dos claves. Ni  para esperar ni para distraer. (1) No deberíamos darles el móvil para esperar, por ejemplo  en el pediatra o en el restaurante, porque esperar y ser pacientes es una habilidad cognitiva muy compleja que solo se desarrolla a base de entrenamiento y que está altamente correlacionada con variables de bienestar emocional e intelectual como la capacidad de tolerar la frustración o la nota en el examen de selectividad. (2) No deberíamos darles el móvil para distraerse,  por ejemplo cuando están cenando o les estamos vistiendo, porque son momentos en los que queremos que el niño comience a entrenar su capacidad para concentrarse en lo que está haciendo. Al fin y al cabo el cerebro humano aprende por asociación y si cada vez que se tiene que concentrar le damos el móvil para distraerse, en otros momentos de su vida en los que se tenga que concentrar, como por ejemplo cuando esté en clase, cuando  tenga que enfrentarse a un examen o cuando tenga que conducir de noche por una carretera muy monótona su cerebro no será capaz de concentrarse porque desde pequeño aprendió que justo en esos momentos es cuando tenemos permiso para distraernos.

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No es que los niños de hoy sean distintos de los de hace años. Es que duermen menos,  es que juegan menos en el parque y es que en muchos casos son educados en una sociedad que va demasiado deprisa para educar despacio. Si a eso le sumamos que muchos de ellos deslizan su atención sobre la pantalla del móvil desde que son muy pequeños y que sus padres necesitan aprender a poner límites y normas de sentido común nos vamos a encontrar (como ya nos estamos encontrando)  con adolescentes estresados, con baja tolerancia a la frustración y con unos niveles muy pobres de atención y concentración. Es posible que pienses que no podemos cambiar la sociedad en la que vivimos, aunque sí que hay algo muy sencillo que puedes hacer hoy mismo. Quítale el móvil al niño. Crecer sin toquetear el móvil le ayudará a desarrollar la capacidad de prestar atención a cosas más lentas que un videojuego, como un cuento, una hoja para dibujar o un amigo que le habla, a distraerse solo, a buscar soluciones creativas a su aburrimiento y, por supuesto, a tener más paciencia y autocontrol. 

Por: Álvaro Bilbao. Autor de El cerebro del niño explicado a los padres

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 *Una versión ligéramente diferente de este artículo por el mismo autor fue publicada en El PAIS en Junio de 2017